Y el jefe, poco acostumbrado a que le digan lo que hace mal, se siente sorprendido pero agradecido. Porque hasta ahora ningún subordinado se había atrevido a decirle a la cara lo que piensa sobre su actitud y sobre su trabajo. Y agradece, sobre todo, que lo saquen a un lugar desde donde puede ver si está subiendo a toda velocidad por el árbol correcto o por el equivocado. O incluso si éste es el bosque en el que tienen que trepar.
Y después hablan sobre sus familias, y de política, y de educación. Y se da cuenta de que lo pensaba que es prepotencia, es inseguridad y de que lo que todo el mundo piensa que es frialdad, es timidez congénita.
Y mi amigo se va a casa con el profundo convencimiento de que su jefe....es un ser humano.