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sábado, 13 de marzo de 2010

170. El jefe, ese hombre.

Me cuenta un amigo que el miércoles pasado invitó a cenar a su jefe para sacarlo de la vorágine del día a día y tener la oportunidad de hablar con él de los proyectos de futuro de la empresa. Quería hablarle de su opinión de lo que es un trabajo profesional y por qué su empresa no puede realizarlo; de la importancia de motivar al personal, aunque sepas que la crisis quizá te obligue a despedir a la mitad de la plantilla; de por qué no están alcanzando los objetivos en el tiempo propuesto. Para decirle también que no se puede reunir una comisión de expertos y no invitarles por lo menos a un café y un croissant, ni se puede tratar a la gente a patadas.

Y el jefe, poco acostumbrado a que le digan lo que hace mal, se siente sorprendido pero agradecido. Porque hasta ahora ningún subordinado se había atrevido a decirle a la cara lo que piensa sobre su actitud y sobre su trabajo. Y agradece, sobre todo, que lo saquen a un lugar desde donde puede ver si está subiendo a toda velocidad por el árbol correcto o por el equivocado. O incluso si éste es el bosque en el que tienen que trepar.

Y después hablan sobre sus familias, y de política, y de educación. Y se da cuenta de que lo pensaba que es prepotencia, es inseguridad y de que lo que todo el mundo piensa que es frialdad, es timidez congénita.

Y mi amigo se va a casa con el profundo convencimiento de que su jefe....es un ser humano.