sábado, 27 de febrero de 2010

165. La venganza del enano.

Esta entrada contiene lenguaje adulto.
 
Los enanos tenemos satisfacciones miserables, deleznables, mezquinas que, además, en general, tienen más que ver con la desgracia ajena que con la satisfacción propia. Son las migajas que nos dejan los gigantes.

Yo tengo un automóvil de tercera mano, recibido por mi mujer en herencia de su padre: un Volvo 850, modelo americano. Cuando nuevo, era un vehículo puntero, con un montón de centímetros cúbicos y un montón de caballos de esos que no se escaquean sino que trabajan todos. Hoy, quince años después, es un vehículo despreciado por las nuevas normativas sobre medio ambiente, clasificado en la categoría E, un armatoste anticuado, un paria.

Pero aunque es verdad que come mucho y ensucia mucho,  y mientras no pueda pagarme otro coche, es amplio y confortable, dentro caben mis tres hijas con sus maletas, sus muñecas y sus carritos y cuando ellas no están, cabe una viga de madera de tres metros de largo y puede cargar mil quinientos quilos de materiales para cuando me da por hacer chapuzas en casa.

Pues bien, hoy circulaba con mi viejo cacharro por la autopista entre Utrecht y Breda a cien kilómetros por hora, que es la velocidad máxima permitida en la zona (es para partirse la caja torácica que los holandeses llamen a sus autopistas snelwegen, es decir, vías rápidas, cuando la velocidad media en las mismas es de setenta kilómetros por hora), adelantando por el tercer carril a un vehículo que circulaba por el segundo, calculo, a noventa y cinco kilómetros por hora. La maniobra dura un rato, claro. Desde lejos, por el retrovisor, veo un vehículo que se acerca a gran velocidad, da ráfagas con las luces de carretera y después, como no me aparto, da un frenazo justo detrás de mí, a punto de embestirme. Yo no cambio ni un kilómetro por hora mi velocidad y continúo tranquilamente mi maniobra hasta que estimo que es seguro cambiar de carril. El vehículo detrás de mí me adelanta, miro hacia su conductor y leo en sus labios: "eikel" (capullo). Sonrío. Cuando me adelanta por completo veo la marca del vehículo: un BMW nuevecito, precioso (por cierto, muy ecológico). Después, se aleja de mí, a gran velocidad.

Dos kilómetros después, veo ese precioso y ecológico BMW,  detenido en el arcén con un Volvo S80 delante de él. Un precioso Volvo S80... de la policía de tráfico de los Países Bajos.

Ganas me dieron de detenerme a su lado y preguntarle quien era ahora el "eikel", pero sonreí con la satisfacción de creer que, tal vez, sólo tal vez, las carreteras de los Países Bajos, serían a partir de hoy, un poquíiiiito más seguras.

Jódete, capullo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

164. ¡Cómo está el servicio!

 En los últimos días he escuchado, no sé la razón, muchos comentarios al respecto:


- No limpia mucho, pero por lo menos no roba.
- Es la segunda vez que se le muere su padre.
- Está cada día más borde.
- Cuando se acerca la Navidad, que es cuando se va a su país, se pone nerviosísima y empieza a gritar por cualquier cosa. Cuando vuelve, ya está más suave. La miseria de su país parece que la serena un poco.

Pero el mejor de todos es este:

- Me consta que pega a los niños. No me gusta, pero he sopesado sus otras cualidades y mejor me aguanto, que está muy difícil encontrar interna.

¡Cómo está el servicio!

163. Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad.

El siguiente video muestra que estamos cada vez más cerca de confundir el mundo real con el virtual.

Lo que no tengo claro es si esto es bueno o malo o mediopensionista.

Es interesante que Pranav Mistry afirma que esta tecnología nos hará, en cierto modo, más humanos, al no ser necesario que permanezcamos sentados como máquinas, enfrente de otras máquinas.