miércoles, 14 de octubre de 2015

289. Abuelita, abuelita...¿para qué hay wi-fi en la escuela?

Las versiones edulcoradas del cuento de Caperucita me han parecido siempre ridículas. Me quedo con la versión original de Perrault. Aquí. Es posible que no todos los que lean este artículo entiendan francés pero ya conocéis la historia, ¿no? La particularidad del cuento original de Perrault es que el lobo, haciéndose pasar por la abuelita, convence a Caperucita para que se desnude, se meta en la cama con el lobo y acabe comida por él. Perrault escribió este cuento de terror pederasta para advertir a las adolescentes de los peligros de tanto lobo hijoputa como hay por ahí suelto.
Internet es una maravilla. De verdad lo digo. Gracias a internet, incluso las personas menos afortunadas tienen acceso a toda la información y a toda la formación disponible. Es una tecnología formidable que está cambiando el mundo. Y los que mejor dominan esta tecnología son los niños.

Hace unas semanas recibí un mensaje de la escuela en la que mi hija realiza el primer curso de la enseñanza secundaria. Parece ser que algunos de sus compañeros (estamos hablando de chavales que tienen doce o trece años) habían estado utilizando la red wi-fi y los ordenadores de la escuela para ver porno durante la clase.

Esto es sólo un ejemplo del problema que se está produciendo: los niños tienen hoy acceso a una potente tecnología antes de tener sentido común para utilizarla juiciosamente. Esto lleva a que se pongan en peligro a ellos mismos y a otros. ¿Y qué tiene que ver esto con el cuento de Caperucita? Pues que la tecnología no está cambiando el cuento. La tecnología lo que está consiguiendo es que el lobo entre más fácilmente en la casa del bosque y se coma antes a la abuela y a la nieta.

Una lástima de wi-fi y de laptops y de smartphones y de tablets y de tantas cosas que tienen el potencial de ser utilizados para educar y para enseñar y que, al final, como ha ocurrido tantas veces, acaban siendo utilizadas para llenar la cabeza de la gente de porquería.

(Continuará)

jueves, 8 de octubre de 2015

288. Decíamos ayer...

Mareo, dolor de cabeza, moqueo continuo, tos, dolores musculares... Parece el comienzo de una gripe. Un día fatal para empezar o retomar algo.

Así que, por supuesto, me he ido a andar media hora y me he decidido a retomar este ciberdiario.

Después de meditar durante diez minutos, he decidido también dejar de utilizar Facebook. Soy consciente de que eso me desconecta de muchos buenos amigos, que dejarán de estar en contacto casi permanente conmigo. Lo hago (lo de dejar de utilizar Facebook) porque ese medio se ha convertido en una pérdida de tiempo, una fuente de frustraciones, un medio para informarme mal e informar mal a otros y un ataque directo a mi privacidad en el que yo mismo colaboro alegremente. Un medio, además, que saca lo peor de mí y que me enseña lo peor de otros. Y no quiero eso. Estaba yo muy contento antes de conocer los vicios, las manías, los odios, los fanatismos, las estupideces, la falta de objetividad y la mala educación de algunos de mis conocidos y supongo que ellos también estaban muy contentos antes de conocer los míos. En Facebook se ve todo. En Facebook se ve demasiado. Facebook es, además, un medio para difundir mentiras, para manipular y ser manipulado y para caer en mil y una trampas y fraudes. El tiempo que utilizaba en mirar la vida de otros y en contarles la mía lo voy a utilizar ahora en vivir, que son dos días.

Lo siento por los que lo sientan y me alegro por los que se alegren.









martes, 23 de septiembre de 2014

287. ¿Es España un país de mierda?

Una de las cosas que llama la atención cuando has pasado algún tiempo fuera de España y regresas a ella es lo sucio que está todo. Hay papeles, restos de comida y latas de refrescos (en particular, latas de "energy drink") por todas partes. Si caminas por una calle del centro de cualquier ciudad española, especialmente si la calle es peatonal, sorprende la cantidad de chicles pegados al suelo (parece que son muy difíciles de arrancar), cacas de perro y cristales (mi hija se hizo un corte en un dedo al intentar recoger un cristal para depositarlo en una papelera). Colillas, hay por todas partes. De las pintadas en las paredes y los arañazos en los cristales ni hablamos,  que no quiero ofender a ningún artista.

He dicho en varias ocasiones que no consiento que haya basura en los alrededores de mi casa (sería estúpido que lo hiciera pues eso disminuye el valor de mi propiedad). También he dicho que no espero a que el ayuntamiento haga algo sino que asumo mi responsabilidad.

Mientras estuve en Córdoba, hice exactamente lo mismo que hago en casa. Si tenía que esperar en la puerta de algún establecimiento a que abrieran, o iba dando un paseo, aprovechaba para recoger basura del suelo y depositarla en la papelera. Lo mismo hice en Madrid. En ambos casos, me gané miradas de incredulidad de quienes me vieron hacerlo y sólo una persona me dio las gracias... en inglés. Me imagino que la señora pensó que alguien que recoge basura del suelo sin que le paguen por ello tiene que ser extranjero por narices.

Esto me llevó a pensar en por qué los ciudadanos ensucian las calles y llegué a la conclusión de que para ser cívicos, los ciudadanos necesitan que las autoridades se pongan en el lugar de sus ciudadanos para entender por qué los papeles acaban en el suelo y no en la papelera.

Una de las razones por las que la gente arroja basura al suelo es porque es más fácil que arrojarla en la papelera, bien porque no encuentra una papelera o porque, cuando la encuentra, está llena. Una papelera llena es un síntoma de civismo ciudadano ya que decenas de ciudadanos se acercaron allí a tirar su basura hasta llenarla, quizá, dada la distancia habitual entre papeleras, desde cien o más metros. Está claro que aquí el problema no lo han causado los ciudadanos sino las autoridades que han colocado pocas papeleras en la zona, o demasiado pequeñas o no las recogen con suficiente frecuencia. Para que el ciudadano sea limpio es importante que ser limpio sea lo más cómodo posible. Para ello hay que poner más papeleras, especialmente en las zonas con mucho tránsito de personas, dichas papeleras tienen que ser grandes y hay que vaciarlas con más frecuencia.

Si hay cientos de colillas en el suelo es, entre otras cosas, porque nadie se ha preocupado de colocar un receptor de colillas señalizado en la zona. Fumar es un hábito pernicioso y auto destructivo pero, fuera de eso, el fumador medio no es necesariamente más sucio que el no fumador medio sino que, con frecuencia, nadie se preocupa de ponérselo fácil al fumador para que sea limpio. Si al lado de la papelera, o donde quiera que se espere que la gente fume (calles, plazas, estaciones de ferrocarril, paradas de autobús) hubiera suficientes receptores de colillas, habría menos colillas en el suelo. No faltará quien prefiera tirar la colilla a varios metros de distancia con tiro parabólico, pero cada vez serán menos y encontrarán menos comprensión.

Por último, las personas que diseñan los métodos de recogida de basuras tienen que usar el sentido común. En mi último viaje a Madrid encontré en el metro una servilleta y una botella de vidrio de refresco encima de un poyo al lado de una papelera. Me pregunté, como hago siempre, por qué esa persona dejó su basura ahí, teniendo una papelera al lado. Recogí la servilleta y la botella de vidrio y me dispuse a arrojarla a la papelera. Entonces lo entendí. En la papelera había un letrero que decía: "Basura orgánica". Encontré la papelera de papel cien metros más allá pero todavía no sabía que hacer con la botella de vidrio. Después de mirar por todas partes sin éxito y cuando ya estaba dispuesto a subir al vagón llevando conmigo la botella de vidrio que un desconocido había abandonado encima de un poyo, encontré, por casualidad, la papelera de envases donde arrojé la botella para, a continuación, saltar al vagón justo antes de que sonara la señal de partida. La situación fue digna de una película cómica, si no fuera porque es tan triste que quien diseñó ese sistema no sabe distinguir entre exigir civismo y obligar a los viajeros a hacer una gimcama cada vez que quieren tirar la basura. En el aeropuerto de Schiphol, Amsterdam, al menos, las tres papeleras estaban la una a lado de la otra.

La mayoría de los organismos encargados de la gestión de basuras, en lugar de simplificar la aportación del ciudadano en dicha gestión, la hacen cada vez más complicada y exigente, aumentando el número de tareas encargadas al ciudadano, sin compensación alguna y bajo amenaza de multa y, al mismo tiempo, presenta campañas publicitarias que son muchas veces un insulto al ciudadano, pues tratan por igual a sucios que a limpios y a cívicos que a incívicos. Ya va siendo hora de que las autoridades reconozcan que no se lo ponen fácil al ciudadano eso de ser cívico y que los ciudadanos, más que coacciones y campañas publicitarias, necesitan ser vistos no como individuos irresponsables y puercos a los que hay que corregir y educar sino como a personas que quieren hacer las cosas bien pero no lo tienen fácil. Ya va siendo hora de que los organismos de gestión de basuras dejen de encomendar a los ciudadanos tareas que son de su única competencia como la separación y simplifiquen la parte de la gestión de basuras que corresponde al ciudadano que es, básicamente, tirar la basura doméstica al contenedor y la basura ocasional a la papelera. El resto, que lo haga el ayuntamiento o el organismo en que el ayuntamiento delegue, que para eso se les paga.

Y, después de esto, o sea, después de que los poderes públicos hayan hecho su trabajo para que ser limpio sea fácil, podremos empezar a medio plazo, con las sanciones y las campañas de publicidad. Y a largo plazo, hablaremos de por qué nuestra forma de vida genera tanta basura, cuál es la responsabilidad de nuestra industria, nuestro sistema de distribución y nuestra manera de alimentarnos en la generación de tanta basura y cuál es el papel de la educación en el civismo ciudadano.